La verdad es que desde hace mucho tiempo veo ir y venir hermosas guacamayas en nuestra ciudad capital, y fue hace poco que tuve la curiosidad de como lograron adaptarse a la vida citadina cuando en otras partes del mundo estan incluso en peligro de extinción.

Hermosas y coloridas aves surcan nuestros cielos capitalinos.

Algunas de las preguntas que me hice me llevaron a esta maravillosa historia, que muchos tal vez conozcan, pero una nueva generación de venezolanos muy seguramente no.

Muy a menudo me refiero en las redes sociales a Caracas como una ciudad de contrastes, y cuando hablo de esa forma no me refiero a clases sociales, urbanizaciones ni nada por el estilo. Más bien me refiero a la posibilidad de «disfrutar» de experiencias contrastantes, de encontrar en una misma plaza a un ejecutivo conversando con un indigente acerca de beisbol, la vinotinto o recordar y compartir tiempos pasados.

Lo cierto es que quisiera dedicar este articulo a esas coloridas caraqueñas que nos recuerdan que mirar al cielo es a veces un momento para reflexionar y seguir adelante

En la década de los años 70, el paisaje de nuestra ciudad capital era un poco más verde que en la actualidad, para aquel entonces un inmigrante italiano alcanzó la fama tras ser perseguido, sin una razón aparente, por un veloz guacamayo cada vez que conducía su moto por Caracas.

Vittorio Poggi, carpintero amante de los animales.

Aquel joven era Vittorio Poggi, un carpintero amante de los animales quien, a partir de ese insólito suceso, empezó a criar guacamayos y diseminarlos por el fértil valle donde se levanta la capital de Venezuela.

Cuarenta años más tarde, cientos -quizá miles- de descendientes de esas primeras aves colorean los cielos de Caracas, dándole a sus cinco millones de residentes un instante de tranquilidad en la caótica y peligrosa urbe.

“Cuando la gente ve a las guacamayas volar en el cielo de Caracas, recuerdan a Vittorio (…) pienso haber hecho algo positivo”, dijo Poggi, de 71 años, rodeado de decenas de aves en su casa de las afueras de Caracas.

Nuestro imponente Hotel Avila contrasta con tan intensos colores.

Allí, Poggi cuenta en su español que no ha perdido el acento italiano que sueña con levantar un mini zoológico para sus 20 perros, varios gatos, dos chivos, gallinas, tortugas y pavos reales, mientras recuerda con nostalgia a “Pancho”, aquel guacamayo que lo seguía a todos lados y que reprodujo con éxito.

Selva de Concreto.

Aún cuando Caracas es reconocida mundialmente en estos momentos por sus innumerables problemas es posible ver sobre antenas, azoteas y alféizares, el guacamayo azul y amarillo (o Ara ararauna) romper con esa odiosa rutina.

A pesar de no ser oriundo de esta ciudad, sino de las selvas tropicales que se extienden desde Panamá hasta Paraguay, este tipo de guacamayo se ha adaptado bien, según especialistas, gracias a la frondosa vegetación que convive entre rascacielos.

Especies ya adaptadas al habitat del valle de Caracas.

Amenazados en otros países de América, en Caracas es común ver varias de las 17 especies de guacamayos. Los rojos con verde y azul (Ara chloropterus) y verdes (Ara militaris) surcan los cielos al ritmo de sus inconfundibles alaridos.

Para Vittorio, estas aves han sido su pasión durante más de la mitad de su vida.

Cada quien nace con una predisposición en la vida, “yo me hubiese enfermado de haber trabajado o pasado mi vida encerrado en una oficina, lo mío es la naturaleza, los animales. Las guacamayas son animales muy inteligentes, muy fuertes. Probablemente si mis padres hubiesen migrado a África y no a Venezuela, no estaría cuidando guacamayas sino leones”, señala entre risas.

Con pesar, manifiesta que “vivimos momentos difíciles donde las expresiones de bondad no abundan, son extrañas”.

En su camino ha visto personas inescrupulosas que atrapan guacamayas para luego comercializarlas de forma ilegal. “Tengo 40 años cuidando aves y lo que critico de otras personas que dicen cuidarlas, es que yo he visto que las tienen en jaulas muy pequeñas, muy pequeñas, no les dan de comer todos los días porque piensan que un día sin comida no les hará daños a las guacamayas, eso no puede ser posible”.

Qué hacer y qué no hacer.

Quisiera darles unos consejos de un aficionado, como yo, que se encuentra actualmente a interactuar con los animales silvestres de su entorno.

Lo primero es, y quizás lo más importante, sacarnos de la cabera esa idea absurda de tratar de capturarlas. Ninguno de estos pájaros están aptos para vivir en cautiverio y el hecho de intentar hacerlo no solo constituye una violación a la ley (aunque lamentablemenete pocos son los organismos capaces de ejecutar las sanciones correspondientes), sino que además pone en peligro la vida de tan hermosos animales. Atraparlos bajo esa antigua costumre de que van a «decorar su hogar con sus bellos colores» o «alegrar la casa», es lamentablemente una condena a muerte.

Debemos estar conscientes de que su alimentación no puede incluir golosinas.

Al momento de interactuar con ellos, no debemos darle de comer cualquier cosa. La patilla les hace daño. El pan, galletas y golosinas son totalmente contraproducentes.

Si se desea colaborar con ellas es recomendable colocarles frutas que sean autóctonas, para que, en caso de no conseguirlas en la ciudad, puedan comerlas en sus improvisados comedores urbanos. las semillas de girasol, siempre serán agradecidas por cualquiera. Una buena fórmula, es mantener saludables los chaguáramos que estén cerca de su residencia, pues las guacamayas disfrutan de los brotes y los gavilanes se dan festín con los gusanos que intentan comerse la palmera.

Sea paciente en su aproximación. No haga movimientos bruscos y, como recomendación personal, en lugar de darle prioridad a registrar el encuentro con foto o video prefiera tomar tiempo para interactuar con sus visitantes, bien sean dándole de comer de la mano -en el caso de las guacamayas- o contemplando a sus invitados desde una distancia prudencial, lo que es más adecuado si se trata de aves un poco más escépticas. La foto para el Facebook está bien, pero lo más importante es que usted entre en contacto con algo que muy pocos habitantes de una ciudad pueden hacer. Viva la experiencia.

No son novedades, son animales

Con la cercanía de las aves, la gente tiende a emocionarse en un principio y les suele colocar alimentos en sus casas, algo a lo que los pájaros pueden acostumbrarse. Sin embargo, el aburrimiento, el costo o la simple rutina, ocasionan que en muchos casos las personas dejen de alimentarlos. ¿Esto es bueno o malo? Es difícil decirlo, pero al final la fauna se adapta.

Totalmente adaptados a la vida citadina.

A estos animales les puede tomar un tiempo entender que en ese lugar, ya no habrá comida. No les hará daño, de vez en cuando, dejar de ponerles alimento, así ellos entenderán que su casa, su balcón o su jardín no son una fuente inagotable de recursos. Sin embargo, es cruel iniciar una rutina solo para la “selfie” y luego dejarla. En todo caso, las aves son más inteligentes de lo que pensamos y pronto descartarán los puntos de comida sólo para fotos.

Daniel Omaña / Editor de VEEM Magazine

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